Sitio Espiritual de Sinda Miranda

 

 

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Artículos

Los Ángeles existen

Hay ángeles entre nosotros...

 

Si la ciencia, si la religión, si la psicología, si el poder de la mente, si la energía de los demás, si esto, si aquello... Yo tengo un Ángel de la Guarda, y otros ángeles más que me asisten cuando estoy atravesando un mal momento.

Evidentemente elegí vivir con esta convicción desde muy pequeña, porque creo en lo que veo.

No recuerdo quien me enseñó sobre la existencia de los ángeles, aunque seguramente fue mi abuela Carmen. De lo que sí tengo memoria... es de mi primera experiencia con ellos y de todas las que a continuación siguieron.

Cada una de éstas, más las que no llegaré a contarles porque son muy íntimas; dejaron muchas huellas en mi vida. Y por eso, quizás, soy como soy. Así de piantaa, piantaa, piantaa...(*)

 

Paloma

Tenía cuatro años, cuando empecé a oír la voz del mío. Me hablaba por las noches, estando en la cama a punto de dormirme. A medida en que fui creciendo, su voz iba cambiando. Como si me asignaran otros Ángeles, según la etapa que iba viviendo.

A la edad de 12 años, mi Ángel tenía voz de mujer y su nombre era Paloma. Ella me aconsejaba sobre lo que haría al día siguiente y me reconfortaba, cuando me sentía muy  triste y necesitando comprensión. Paloma me decía cosas que se cumplían, y me daba mucho valor para enfrentar mi presente.

Muchas noches, me dormí como si ella estuviera acurrucándome entre sus brazos. Era una sensación maravillosa.

 

La baldosa floja

Frente a mi habitación, justo a la entrada, donde estaba el marco de la puerta, habían dos baldosas flojas. Algunas noches yo oía como crujían, como si alguien caminara sobre ellas con sus pies descalzos.

Cierta vez, en vez de asustarme y cubrirme con las mantas hasta la cabeza, me armé de valor y enfrenté a ese ángel o espíritu, para hacerle una pregunta sobre su procedencia. En cuanto me la contestó, no volvió a caminar más por ahí. Retornó el silencio a mis noches, y nunca más me sentí sola.

Era un Ángel... y muy bueno.

 

Un coro celestial

¿Sería la cañería del agua que pasaba por debajo de mi cama? ¿Tan buen oído tenía yo, como para escucharla? Nunca creí que fueran los caños, ni de agua caliente ni de agua fría; pero siempre respeté las hipótesis de los demás.

Habían noches en las que al no poder dormirme, el canto de los ángeles, me tranquilizaba y sumía en un sueño casi perfecto.

 

Siete perros, siete ángeles

Tenía veintipico de años, era muy tarde para irme hasta casa andando. Hacía frío, y en mi barrio estaban pasando cosas feas. Mi mamá estaba preocupada, no quería dejarme marchar, pero yo insistía. No hay nada como dormir en tu propia cama.

- Hija, hay gente mala en la calle... - me asomé a la ventana, y efectivamente vi un grupo de jóvenes drogándose y con un aspecto muy desagradable.

- No importa mami, mi ángel me cuidará y no me pasará nada... - ella no tenía consuelo, repetía una y otra vez que esos chicos me harían daño si pasaba por allí, pero yo me guié por mi intuición y seguí adelante con la decisión que había tomado - No te preocupes, vos mirame por la ventana y cuando dejes de verme... estaré bien. En cuanto llegue a casa, te llamo por teléfono para que te quedes tranquila.

Le dí un beso, me abrigué, y salí rumbo hacia esa única calle que me conducía hasta mi hogar.

Pero en cuanto atravesé la puerta de la casa de mi mamá, se me acercó un perro. Por alguna razón misteriosa, sabía que podía confiar en él y no sentí ningún miedo. Luego, unos metros más adelante se arrimó otro y otro... y para cuando ya estaba en plena av. Montiel del Barrio Piedrabuena, ante ese grupo de adolescentes revoltosos, eran siete los perros que caminaban a mi lado, como si yo fuera su ama.

Durante tres cuadras (calles) y hasta la puerta del edificio donde vivía, los perros me siguieron. Una vez que entré y cerré con llave, se dispersaron poco a poco. Parecía que querían asegurarse de que había llegado bien.

Cuando estuve en mi casa, telefoneé a mi mamá para contarle lo que había vivido y afortunadamente ella había visto lo mismo que yo: siete perros que de la nada y como ángeles, me acompañaban...

 

La primera vez que usé tacones

La primera vez que usé tacones, se me ocurrió ir en subte (metro), al trabajo. Como todos saben, en un subterráneo hay que subir o bajar escaleras.

En esta ocasión, tuve que bajarlas, aunque en realidad no lo hice. Ni bien pisé el primer escalón para descender, mi taco se torció, perdí el equilibrio, sentí miedo al ver que iba a caer desde semejante altura y algo que me resulta muy difícil de explicar con palabras, sucedió.

De repente, me hallé en la planta baja, de pie y de espaldas a aquella extensa escalera de casi 25 metros o más, que daba hacia la avenida corrientes.

Sentí un profundo agradecimiento hacia ese ser invisible que me rescató, y una emoción extraña pero muy intensa, por percibir a mi alrededor toda la magia de Alguien, que era del cielo.

 

Se derrumbaba la pared de un Edificio

Desde donde yo iba caminando, me era imposible ver lo que sucedía a la vuelta de esa esquina. Estaba muy concentrada en las vidrieras de los comercios, las luces de los semáforos, la gente que se cruzaba conmigo por la calle.

Hice un primer intento, para atravesar la av. Corrientes, cuando una voz en off... me dijo "NO".

Le hice caso inmediatamente, a esa altura de mi vida, ya sabía que se trataba de mi Ángel. Avancé un poco más, por la acera derecha en la que estaba, no venían coches y volví a intentar el cruce hacia el otro lado, el lado izquierdo de dicha avenida. "NO!" Me gritó más fuerte la voz.

Acepté la negación como una orden y continué en dirección de frente, hasta la esquina donde se cortaba con la Av. Ángel Gallardo.

Cuando el semáforo que apuntaba hacia mí, cambió su color a verde, penetré en la calzada por el paso de peatones, y en cuanto me hallé en la otra arista de las avenidas, observé con gran sorpresa, lo que se había ocultado a mis ojos: un pequeño incendio y unos montones de escombros que caían casi silenciosamente desde un primer piso.

(Al salir de la universidad, siempre doblaba a la izquierda en esa esquina y pasaba por debajo de dónde esa noche, no se podía).

Le agradecí a mi Ángel por su ayuda; y aunque me alejaba un poco de mi casa, seguí en línea recta, del lado derecho por la av. Corrientes.

 

Cualquier persona, puede tener la misión de convertirse en un Ángel, aunque sea por unos instantes

Iba con mi ex, caminando por la calle Posadas (Béccar). Llevábamos mucho peso en nuestros brazos. Era tarde, hacía frío y la noche estaba entrando. La intención que teníamos era de ir andando a pie hasta la estación de tren.

Yo estaba muy delgada y triste. Tenía hambre y frío, cuando me puse en oración, y le pedí a Jesús Misericordioso que si era su voluntad, me enviara un Ángel para que me ayude. Accedió a mi petición, en breves minutos.

Alguien se arrimó a nosotros, nos tocó bocina, nos hizo señales con la luz de cruce; y nos gritó: "Van hacia el tren? Puedo llevarlos..."

Estando en Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, por costumbre, no se puede confiar en los desconocidos. Se corre mucho peligro al hacerlo. Mi ex y yo, éramos llamativos por los bolsos, cualquiera podía intentar robarnos.

Me di vuelta para ver el rostro de la persona que conducía el coche; era una mujer, rubia y de ojos claros. Tendría mas o menos 40 años; y su mirada como su voz, eran muy dulces. Supe entonces, que el Señor me había enviado su Ángel.

Mi ex me miró como esperando un NO, por mi parte. Pero yo le dije: "SI, Dani, vamos..." Se lo dije de manera cómplice, para que si no confiaba en ella, confiara en mí.

Subimos a su auto y ni bien me senté, le agradecí a Dios por el milagro que acababa de ocurrir.

Cuando llegamos a la estación, ella nos ayudó a sacar los bolsos y las cajas del baúl. Nos dio un beso a cada uno y nos bendijo con su deseo: "¡Buen viaje chicos!"

Y de verdad... lo tuvimos.

 

(*) Piantaa, del lunfardo (dialecto porteño-argentino); que significa: Loca... Loquita linda, Loquita llena de picardía, Loquita... etc.

 

 

Sinda Miranda

 

 

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