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Mi Sueño...
Ya,
desde pequeña, anhelaba vivir en un lugar que tuviera mucho de
naturaleza y de paz. Por mi forma de ser: contemplativa y solitaria,
preciso de un espacio así, para poder desarrollarme espiritual-mente y expresar de alguna manera
creativa, todo lo que mi alma quiere contar.
Siempre
soñé con montañas, campos verdes, y el horizonte sobre el mar. Soñé con
el ruido de las hojas cuando sopla el viento, el aroma de los campos, y
el canto de las aves que vuelan libres ante quienes las pueden ver o
imaginar. Soñé también con inflamar mis pulmones pequeños, con el
aire puro y fresco que la ciudad no me da.
Salí en
busca de todo eso, como buena cazadora de sueños que soy, los cumplí en
cierta manera, los disfruté poco tiempo: lo que
duraron muchos veranos y una luna de miel. Pero lo vivido no sació mi
sed ni calmó mi ansiedad; permanecieron y se intensificaron las ganas de
más, de concretar un objetivo, de alcanzar una gran meta, de convertir
mi sueño en una realidad.
Si yo
no avanzo cuando se van dando los medios, si por el contrario surge el
temor o la inseguridad y me detengo, lo único que hago es
demorar el momento al que inevitablemente tenderá mi vida al final: España. Como dicen muchos: “estaba escrito”, “es el
destino”, “se tenía que dar”.
Sumando
a mi decisión, el punto de vista de mi marido:
“Antes de sumergirme a la
piscina, solía tocar el agua con la puntita del pie para ver si estaba
fría, al confirmar mi pensamiento, temía al frío y me costaba más
introducirme en ella; pero ahora se que si me tiro de cabeza, sin pensar
en la temperatura del agua, el frío que sienta cuando me cubra, pasara
enseguida y la comenzaré a disfrutar...”
Pese a que el refrán tradicional es distinto, (por lo general muchos
consideran que si se arrojan a la pileta, la misma
puede estar vacía), y a veces como producto de este pensamiento: no se
arriesgan por temor a lastimarse, o a perder algo... no importa qué;
nosotros,
(Gustavo y Sindi), creemos que "la piscina siempre tiene agua, es el
pesimista quien no la puede ver".
El Sueño de mi
marido
Gustavo soñaba con cambiar
su vida completamente. Estaba muy angustiado con la situación que se
vivía en el país (argentina). Solo necesitaba un empujoncito, para dar
ese gran salto.
1ª Respuesta
Nos fuimos, porque verdaderamente veníamos soñándolo mi marido y yo,
desde principios del 2000 y mucho antes también. Fue una decisión
puramente personal, que muy poco tuvo que ver con la cuestión económica
del país; aunque el habernos quedado los dos sin trabajo, nos favoreció
bastante a la hora de dar este paso.
El Dolor de
ya no ser
El Barrio de Barracas, era
un verdadero polígono industrial. Como los que hay acá en Gijón o cerca
de Oviedo. Y además de tener muchas empresas importantes, daba trabajo a
miles de argentinos. Poco a poco, ese barrio fue perdiendo todo su
esplendor, las empresas quebraron, la gente se fue mudando hacia
otras zonas a medida en que aumentaban las villas (barrios de gente muy
pobre), a su alrededor.
Yo viví durante dos años
en Luzuriaga y Santo Domingo. Tenía para entonces, 9-10 años de edad. Me
encantaba esa zona de Barracas, porque estaba cerca del restaurante de mi
papá; al colegio lo tenía enfrente, y ya sea por la izquierda o por la
derecha, había dos plazas donde ir a jugar. Mi preferida: El Parque
Pereyra.
Sobre Luzuriaga mi abuelo
Andrés me enseñó a andar en patines. Y justo en la esquina donde
Luzuriaga cruza con Santo Domingo, una noche vieja, Quique me dio mi
primer beso. Un beso de verdad! Un beso apasionado.
El tiempo de esplendor
económico, había caducado en el segundo gobierno de Menem. Su política
había destrozado a la mayoría de los argentinos. Habían menos ricos
amasando mayores fortunas, y millones de pobres en altísimo grado de
indigencia. La clase media desaparecía, la alta se reducía y la inferior
aumentaba a pasos acelerados. Un verdadero desastre.
Mi padre, sobrevivía. No
le quedaba nada, ni siquiera el restaurante donde vivía y trabajaba. Él
era su encargado, pero hacía meses que no podía pagar el alquiler ni
afrontar los gastos típicos como la luz, el agua, el gas y el teléfono.
Sin embargo, inteligencia
y astucia nunca le faltó, y supo hacerse con los servicios y productos
que necesitaba; mientras continuaba su lucha con el dueño de la
propiedad donde estaba el restaurante.
Tiempo atrás...
mi padre Saúl Miranda, había manifestado su deseo de volver a la tierra que lo
vio nacer, para
morir allí.
Decía que estaba esperando
cumplir los 67 años para regresar, porque al parecer, a partir de esa
edad el pasaje para retornar a España, era gratis.

"EL DOLOR DE YA NO SER.
Barracas fue polo industrial, pero de eso ya no queda nada". Mi papá
fue entrevistado por un programa de televisión, porque era uno de los
pocos comerciantes gastronómicos que todavía (a pesar de la crisis del país), se
mantenía en pie después de casi 30 años. Barracas, fue el barrio donde
más tiempo estuvo, dado que allí tenía su restaurant, que se
llamaba ASTURIAS.
El, como no pudo hacerse
la América, no quería volver con las manos vacías, ya que intuía que
algunos miembros de su familia asturiana lo iban a juzgar mal.
Su tesoro
más preciado, quizás su carta de recomendación para no ser rechazado: éramos mi marido y yo. Pero principalmente yo.
El Sueño de mi
padre
El sueño de mi padre era
regresar a Asturias, trabajar sus fincas, crear una sidrería en sociedad
con mi marido. Y vivir los tres juntos. Incluso, ya tenía pensado dónde
podíamos construir una casita. Cuando todavía estaba bien de salud, me
dijo: "Con una habitación para mí, yo me conformo... y tú, tú... no
trabajarás. Te dedicarás a la poesía. Gustavo y yo nos ocuparemos de
todo lo demás".
El 18 de diciembre del
2002, a la edad de 67 años, mi padre abandonó la Argentina, y con pasaje
de retorno gratis, hacia su hogar celestial. La Embajada de España en
Buenos Aires, lo asistió durante todo el proceso de su enfermedad y se
ocupó también de hacer descansar sus restos, en el Cementerio de la
Chacarita (Buenos Aires - Capital).
2ª
Respuesta
Estoy en España por mis sueños y por el sueño de mi padre.
Él, de alguna manera regresó a su tierra, a través de mí. Lo traje
escondidito dentro de mi corazón (y en mi sangre).
Tal es así, que cuando
llegamos a España en mayo del 2003, la primera vez que pisé Asturias, le
dije: "¡Papi, ya llegamos!" y la emoción fue tan intensa,
que sentí como llorábamos los dos...

Sinda Miranda |